La tormenta perfecta

Eran las cuatro de la tarde y el cielo estaba totalmente cubierto.

Había estacionado el motorhome frente al mar de Bering, a pocos metros de un río llamado Deep Creek. El pronóstico decía que esa noche podía suceder. No había ninguna certeza, al contrario, la tecnología que hacía aquel pronóstico no era demasiado precisa y perfectamente podía equivocarse.

Pero yo quería creerle.

En realidad, llevaba varios días esperando ese momento.

Así que estacioné frente al mar y decidí quedarme.

Todavía faltaban muchas horas para la noche y Deep Creek estaba ahí, a pocos metros. Es un río al que habitualmente ingresan salmones con las crecientes de ese maravilloso mar. Por eso hice lo que correspondía: me cambié, armé mi equipo de pesca con mosca y salí a buscarlos.

Caminé entre árboles y pastizales tratando de descubrir sus siluetas en el agua. De vez en cuando aparecían esos flashes que producen cuando giran y muestran el vientre durante el proceso de reproducción y fecundación de los huevos.

Es difícil explicar lo que significa estar ahí. No era solamente pescar.

A mi alrededor había águilas calvas y águilas reales. Es un lugar donde habitualmente anidan y donde el canto de los pichones y de sus padres está permanentemente flotando en el aire. Había otras aves y, de vez en cuando, podía aparecer alguna foca siguiendo a los cardúmenes de salmones que dejaban el agua salada para ingresar al agua dulce.

Todo estaba sucediendo alrededor mío.

Y yo estaba solo.

Seguí pescando hasta cerca de las siete de la tarde. Había logrado capturar algunos ejemplares hermosos que, después de ese pequeño encuentro entre ellos y yo, volvieron a su lugar.

Entonces decidí regresar.

Tenía que prepararme.

Porque, si el pronóstico acertaba, aquella podía ser la noche.

Prendí el fuego y esperé.

Las nubes empezaron lentamente a desaparecer. Se había levantado viento. Bastante fuerte. Fresco. Frío, diría yo.

Pero no importaba.

El viento alimentaba el fuego y las llamas crecían alrededor de la madera. Sobre la parrilla esperaba un hermoso pollo que iba a ser mi cena, pollo con limón, nada más. Como correspondía.

Mientras cocinaba, empezaron a aparecer algunas estrellas.

Era una buena señal.

Prendí el fuego y por un momento su luz fue mi única compañia.

La espera

Pasaron las horas.

Cuando terminé de comer ya era medianoche. El cielo estaba completamente despejado. El mar se acercaba nuevamente a su bajamar y no había absolutamente ninguna luz alrededor.

Ninguna.

Solamente las llamas del fuego.

El ruido de las olas, el viento, la oscuridad y yo.

Terminé la cerveza.

Miré el cielo.

Nada.

La tormenta no había llegado.

Apagué el fuego, guardé todo para que el viento no se llevara nada, acomodé la cama del motorhome, tomé bastante agua y me acosté.

Me dormí casi inmediatamente.

Había sido uno de esos días maravillosos que también te dejan agotado. Caminar durante horas y, sobre todo, vadear un río o un lago exige bastante más esfuerzo del que parece.

No sé cuánto tiempo pasó. De pronto, algo me despertó, serían las cuatro y media de la mañana, era el viento. El motorhome se movía, me asomé por la ventana y alcancé a distinguir algunos esbozos blancos en el cielo.

Pensé: Voy a salir.

Me vestí, me abrigué y caminé hacia la playa, el viento era muy fuerte, encontré un tronco y me senté.

Estaba completamente solo.

Ya no había fuego, no había luces, no había contaminación, no había nada creado por el hombre que pudiera interferir entre ese lugar y yo.

Solamente la oscuridad, el mar, el viento y algunos sonidos de animales que andaban dando vueltas por ahí.

Esperé y seguí esperando.

A eso de las cinco y media de la mañana comenzaba a insinuarse el amanecer.

Nada.

La tormenta no había llegado.

Pensé en volver al motorhome y dormir un rato más.

Pero algo me dijo que me quedara.

No sé qué fue.

Simplemente me quedé.

Me senté sobre la arena, frente al mar de Bering, y usé como respaldo uno de esos enormes troncos secos que el mar había dejado sobre la playa, el celular había quedado adentro del motorhome. Y estaba bien.

En ese momento no necesitaba nada más.

Yo.
Mi respiración.
El ruido del mar.
La naturaleza.
El viento.

Con eso ya era feliz.

Y entonces sucedió.

Primero fue apenas algo en el cielo.

Una forma difícil de entender, que luego empezó a moverse. Y apareció el verde, no cualquier verde, un verde intenso, fluorescente, vivo.

La tormenta finalmente había llegado.

Pero no traía lluvia, no tenía truenos, no había relámpagos. Era una tormenta solar.

Y sobre mi cabeza, frente al mar de Bering, estaba apareciendo una aurora boreal.

No sé cómo describir su forma.

Podría decir que parecía una nube, pero no era una nube, por momentos parecía una víbora gigantesca moviéndose por el cielo, por momentos, una alfombra voladora.

No lo sé. Y quizás tampoco haga falta ponerle un nombre.

Ahí estaba.

Verde.

Ese verde que te eriza la piel.

No sé si era verde esperanza, no sé si era verde naturaleza, no sé qué tipo de verde era.

Solo sé que era el verde más hermoso y emocionante que había visto hasta ese momento.

Después de varios días buscándola, finalmente había cazado mi tormenta.

Solo.

Sentado sobre la arena.

Frente al mar de Bering.

A pocos metros de un río lleno de salmones, rodeado de águilas y animales salvajes, con el ruido de las olas delante mío y el comienzo del amanecer intentando entrar por detrás.

Había esperado toda la noche una tormenta. Y cuando finalmente llegó, entendí que algunas tormentas no vienen a oscurecer el cielo. Vienen a iluminarlo.

Solo, sentado sobre la arena.

Anterior
Anterior

Emprendedor y empresario: dos formas de mirar el mismo desafío

Siguiente
Siguiente

La teoría del Jumbo