Cómo decidir correctamente
Avanzar o no avanzar.
Invertir o esperar.
Contratar un equipo externo o trabajar con uno propio.
Armar equipo o seguir solos.
Lanzar o esperar un poco más.
Decidir nos pone a prueba, y en muchos casos, el problema no está solamente en la decisión que tenemos delante. Está en el sistema desde el cual estamos decidiendo.
Porque una misma decisión puede parecer urgente, peligrosa, brillante o imposible según el lugar interno desde donde la miremos.
Hay decisiones que se toman desde el miedo a perder una oportunidad.
Otras, desde la ansiedad por demostrar que estamos avanzando.
Algunas, desde la necesidad de controlar todo.
Otras, desde la fantasía de que una buena idea alcanza para sostener un negocio.
Y también hay decisiones que se toman desde una mirada más clara: cuando podemos distinguir qué problema estamos resolviendo, qué evidencia tenemos, qué costos estamos dispuestos a asumir y qué parte de la realidad todavía no estamos viendo.
Decidir correctamente no significa acertar siempre.
Significa revisar desde dónde estamos mirando antes de elegir hacia dónde vamos a movernos.
Una persona puede tener una gran idea, mucho deseo, capacidad de trabajo y sensibilidad para detectar oportunidades. Pero si decide desde un sistema de creencias desordenado, puede confundir entusiasmo con validación, fé con evidencia, movimiento con avance o perseverancia con obstinación.
Ahí empieza uno de los riesgos más frecuentes del camino emprendedor: creer que la decisión se juega solamente en el acto de elegir.
Pero la decisión empieza antes.
Empieza en la forma en que interpretamos el problema.
En las preguntas que nos hacemos.
En los supuestos que damos por ciertos.
En las conversaciones que evitamos.
En aquello que no queremos escuchar porque amenaza la idea que ya nos enamoró.
Una decisión no nace en el vacío. Nace dentro de una manera de ver el mundo.
Desde dónde miramos
Pude detectar en los años que llevo acompañando líderes, que generalmente (hay excepciones) el emprendedor toma una decisión creyendo que necesita dar, antes que nada, una respuesta.
Pero mucho antes, lo que necesita es ordenar el sistema desde el cual está pensando.
Porque si mira desde la urgencia, todo parece tarde.
Si mira desde el miedo, todo parece riesgoso.
Si mira desde el ego, toda crítica parece una amenaza.
Si mira desde el enamoramiento de la idea, cualquier señal del mercado parece secundaria.
Si mira desde la necesidad de control, cualquier incertidumbre parece una razón para frenar.
Entonces la pregunta no es solamente: “¿Qué tengo que hacer?”.
La pregunta anterior es: “¿Desde dónde estoy interpretando esto?”.
Ese cambio parece pequeño, pero modifica todo.
Porque permite separar hechos de interpretaciones.
Permite distinguir deseo de oportunidad.
Permite ver si estamos respondiendo a una necesidad real o defendiendo una idea propia.
Permite detectar si estamos avanzando por claridad o por presión.
El problema es el sistema
Por eso, cuando hablamos de decidir correctamente, no hablamos de encontrar una fórmula.
Hablamos de construir un sistema de decisión más consciente.
Un sistema que no dependa únicamente del impulso, del entusiasmo inicial o del miedo a equivocarse. Un sistema que permita mirar el contexto, escuchar señales, validar hipótesis, conversar con otros y reconocer a tiempo cuándo una idea necesita ajustarse.
Porque muchas decisiones costosas fracasan porque se tomaron desde supuestos no revisados.
Se asumió que el cliente necesitaba algo que nunca había pedido.
Se creyó que el producto era claro porque era claro para quien lo creó.
Se confundió interés con intención de compra.
Se interpretó el silencio del mercado como falta de marketing, cuando quizás había un problema más profundo en la propuesta de valor.
Se siguió invirtiendo porque ya se había invertido demasiado.
En esos momentos, el problema no era solamente la decisión. Era el sistema que empujó esa decisión hacia adelante.
Un sistema puede empujar a repetir errores sin que nos demos cuenta. Puede hacernos buscar información que confirme lo que ya creemos. Puede llevarnos a rodearnos solo de personas que no cuestionan. Puede convertir cada duda en una amenaza y cada crítica en una incomodidad a evitar.
Pero también puede entrenarse. Ahí aparece el valor de pensar acompañado: no para que otro decida por nosotros, sino para que nos ayude a ver más allá de lo que podemos ver ahora.
Hay un comentario que siempre les digo a quienes acompaño (y me digo):
“La decisión es el primer paso a la acción.
Después sigue el hacer lo que decidimos.
Decisión + acción = movimiento”.
Y muchas veces para poder hacer el movimiento correcto, necesitamos una mirada que nos devuelva preguntas mejores.
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El zorro puede acompañarte en la toma de decisiones difíciles.
A veces una mirada externa alcanza para destrabar bastante.

